Esta es una nota de Claudia Sosa Lichtenwald   Periodista Diario UNO (Entre Ríos)

Museo de la Ciudad
"Carlos A. Anadón"

..... Asociación de Amigos del Museo que está a cargo de la manutención y limpieza de las instalaciones”, resumió Lami.

Hacer historia

“La gente nos enseña a diario. Fuiste testigo de la donación de una moneda: una propaganda de Geniol. Así aprendimos museología todos los días, cuando la gente entiende qué es lo que quiere que se guarde de la historia de Victoria. Se trata de rescatar el recuerdo y no perder la memoria. La gente misma lo impulsa a uno a guardar, cuidar, catalogar, estudiar y exponer lo que siente”, definió el profesor de Artes Visuales de la razón de ser de su actividad.

El objeto más extraño

Muchos son los objetos, extraños y no tanto, que resguarda la histórica casona. Un reloj de solapa, dos macuquinas coloniales, vestigios de gliptodontes, mastodontes, fósiles y restos de arqueología aborigen, un Corán original, la vestimenta del glosista Coco Albornoz, un baño y una cocina ambientados según la época, las mandolinas de los inmigrantes que conservan sus incrustaciones de nácar... todo parece detener el tiempo.

Un auto modelo 49 o la colección de libros de Gaspar Benavento. Cada objeto habla de Entre Ríos, su historia y recuerdos.

Es que, en este museo, se atesoran “cosas caras a los sentimientos y costumbres que hacen a la vida diaria y universal”.

De esta manera vale la pena recorrer y conocer el aparato para hacer velas en la cocina, los testimonios religiosos, las cartas de Justo José de Urquiza a sus amigos victorienses, una buena colección de armas, numismática, algunos elementos de la masonería, una buena fototeca y un registro de genealogía sobre familias victorienses...

La casa grande

La casa perteneció al filántropo Isidro Balbi. “Estamos sentados en las butacas que pertenecieron a Isidro Gerónimo Balbi, conocido en Victoria como Yiro. Fue legislador provincial en dos períodos y en dos períodos legislador nacional. Luchó por la Ley de medicamentos cuando fue diputado nacional hace más de 30 años. Balbi fue un activo propulsor de la cultura victoriense. El donó su casa y su escritorio con biblioteca. Sus libros están al alcance de los estudiantes de todos los niveles. Fue miembro gestor y fundador de dos colegios profesionales de Entre Ríos: el de Bioquímicos y el de Farmacéuticos”, así definió al alma de la casa, al amigo de Anadón y Benavento.

El nombre del museo

Por esas historias “con algo de dolor y mucho de alegría” se eligió el nombre del museo. Yiro Balbi era íntimo amigo de Carlos Anadón. “Acá en este estudio, donde estamos sentados, Anadón le leía el diario La Nación todos los días a la siesta. Gaspar Benavento también era amigo de ellos, formaron una especie de generación cultural de Victoria”, sentenció Lami.

“Un mes antes de inaugurar el museo, en agosto del 82, fallece Carlos Anadón. Balbi propuso que el museo se llamara Carlos Anadón. Ahí quedó sellada la suerte del nombre”, definió Lami de hombre que le dio nombre al museo, un gran buceador con berretín ecologista.

De todo un poco

Azulejos de origen inglés, la biselada cristalería de las aberturas, la puerta cóncava, todo merece un capítulo aparte. El museo es una casa muy bien hecha en 1934 que resiste los embates del tiempo.

Allí conviven los testimonios escritos y objetuales, la máquina de hacer caramelos de origen alemán, con la máquina de picar carne, las botellas y sifones con los palos de amasar y los cubiertos de alpaca y bronce. Todo habla de todos. Para decir, para no callar los re-cuerdos cotidianos, la balanza, el triciclo, la cafetera, las vajillas de época y una caldera.

Perlitas

Exhalando un aroma dulce y particular un árbol de oleafraga se erige victorioso. La Asociación de Amigos instituyó la orden homónima a fin de reconocer a la gente que ha colaborado con la institución que el 13 de mayo de 1992 cumplió su década en la casona de Avenida Congreso.

Un vitrales, hecho en los años 30 en la Casa Buxadera de Rosario, despertó la leyenda. “Leyendo una biografía del pintor Antonio Berni nos enteramos que cuando Soldi era chico –y ya tenía vocación por el dibujo–, el padre lo mandó a recibir lecciones de un italiano que trabajaba en la fábrica de vitrales de los vascos Buxadera. Por lo menos podemos pensar que, tal vez, el gran Soldi vio nuestro vitral mientras lo hacían”, dijo Lami con una sonrisa.

Rejas coloniales (de esas sin soldadura ni remache, las hechas con forja, el hierro al rojo vivo y un número impar de barrotes), una sala de actividades culturales en el subsuelo, una enorme caja de música, la campana y los faro-les del ferrocarril, un aljibe ficticio, un laboratorio devenido en biblioteca, billetes antiguos, armas, frascos de perfume y un cochecito intentan dejar constancia de la historia chica.

Pero el problema universal de los museos es el depósito, la casa se hace chica pero el corazón es grande.

“Al finalizar un recorrido por sus ámbitos, queda en el espíritu una sensación de placer estético y una gran inquietud histórica”, reza la gacetilla de promoción. Y es cierto o mucho más que eso. Transitar los ambientes del museo de todos los victorienses es transitar los caminos de la historia de los pueblos y la idiosincrasia de los argentinos.

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