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VICTORIA,
TIERRA DE OVNIS
Por
Gustavo Fernández.
Una localidad de Argentina es recurrentemente visitada
por extraños objetos. A ciento doce kilómetros de la
ciudad de Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos,
y a trescientos ochenta de la ciudad de Buenos Aires,
entre siete colinas y recostada sobre los meandros que
el río Paraná forma en la zona, se levanta la ciudad
de Victoria, que con sus veinte mil habitantes, su
internacionalmente famoso monasterio de monjes
benedictinos (dueños de una línea de producción de
afamados licores, dulces y productos dietéticos y
naturistas consumidos en todo el país) y sus cotos de
caza menor y pesca, celebraba sus doscientos dieciocho
sospechados años de existencia cuando un alud de
sucesos –si reales o imaginarios, ya veremos después-
le dio una trascendencia periodística inesperada:
aislados vecinos primero y grupos organizados ad hoc
después fueron testigos de una verdadera oleada de
apariciones OVNI, abducciones, mutilaciones de ganado,
visitantes de dormitorio y pseudoconspiraciones
militares.
El
comienzo de la trama
El 24 de junio de l991 (que casualidad: 24 de junio,
igual que la observación de Kenneth Arnold que dio
origen al “nacimiento” de la historia contemporánea
de los OVNIs, 24 de junio, noche de San Juan Bautista,
en que las leyendas milenarias dicen “noche en que los
espíritus vagan libres sobre la hez de la tierra”) un
periodista de radio y televisión local llamado Ramón
Pereyra y el camarógrafo Héctor Frutos (del canal 4 de
esa localidad) fueron llamados urgentemente desde la
estancia “La Pepita”, ubicada a diez kilómetros al
sur de la ciudad y propiedad de la familia Basaldúa.
Fue precisamente su propietaria, la señora Gonçalves
de Basaldúa, la que desde hacía varias noches,
descansando en compañía de su empleada Irma sentadas
en la galería de acceso a la vivienda, venían
observando extrañas luces rojas evolucionando a baja
altura sobre la Laguna del Pescado. Ellas mismas
comenzaron a bromear entre sí respecto del ovni de las
9 (todas las observaciones se realizaban alrededor de
las 21 horas) pero curiosas por no poder encontrarles
una explicación convencional (la frecuencia horaria les
hizo en principio pensar en un vuelo comercial)
decidieron llamar al periodista, por cierto muy popular
en la zona, para participarle la inquietud.
Así fue que esa noche, pasadas las veinte horas, ambos
profesionales se ubicaron en la amplia explanada que da
frente a la vivienda, ignorantes no sólo del episodio
que estaban a punto de protagonizar, sino asimismo de la
saga que ello desencadenaría. Y fue cuarenta y cinco
minutos más tarde, cuando una brillante luz roja
proveniente del norte se dirigió hacia los testigos, se
detuvo algunos segundos sobre la vertical de la laguna y
luego salió disparado hacia el oeste, en dirección a
la gran ciudad de Rosario, ubicada sobre la otra margen
del ancho Paraná y sus islas, tal como tantas noches
antes lo había hecho. Sólo que esta vez había una
diferencia. Una cámara de video funcionando.
Y fue una pequeña gran diferencia, por cierto. Porque
la cinta, puesta en circulación por ese modesto canal
de cable de provincia, llegó a la gerencia de noticias
de uno de los más importantes canales de televisión
abierta de Buenos Aires, el oficial ATC (Argentina
Televisora Color).
De allí fue levantado por las agencias periodísticas
extranjeras interesadas en la novedad y rápidamente
difundida en todo el mundo. Ciertamente, la pequeña
ciudad de Victoria acababa de salir del anonimato.
La difusión desmesurada –cuando menos a nivel
nacional y durante los cuatro meses siguientes- revirtió
sobre la gente de esa población con una violencia
psicológica inusitada; aún hoy, casi nueve años después,
sigue resultando difícil, muy difícil, desbrozar la
paja del trigo, comprender en su verdadera dimensión el
fenómeno físico y la tempestad sociológica que se
abatió sobre el lugar. Aún hoy, muchos lugareños
siguen relatando observaciones de OVNIs, cada vez más
difusas, cada vez más protagonizadas por testigos
inhallables, cada vez más folklóricas. Aún hoy, el
cerro La Matanza, el punto más alto de los alrededores
y mirador obligado de los cazaovnis de fin de semana,
registra, todas las noches, el aparcamiento de automóviles
con bulliciosos grupos familiares o meciéndose bajo el
arrumaco de enamorados quizás aburridos de que nada
interesante aparezca en los cielos. Aún hoy, los
mercaderes de ilusiones ajenas encuentran en Victoria
terreno propicio para sus negocios o sus delirios. Pero
quizás aún hoy en Victoria siga pasando algo.
A partir del testimonio de Frutos y Pereyra, ocurre una
estampida de observaciones de OVNIs o, debería decir
mejor, testimonio de observaciones, porque sé que desde
mucho tiempo antes hubo avistamientos no denunciados por
temor de los testigos a ser considerados los locos de
los platos voladores. Ciertamente, esto es bastante
corriente. Cuando se recibe información sobre
apariciones de OVNIs en otras partes del mundo, parecería
que ese sólo hecho trae un matiz de seriedad y
credibilidad. Pero si la información se origina aquí,
en el patio trasero de nuestra casa o la aporta un
vecino, se tiene prestamente a la boca algún comentario
irónico, del tipo “qué va a ver OVNIs ése, si yo lo
conozco de siempre y vive aquí a la vuelta”.Pareciera
que los casos locales perdieran crédito frente a la
contundencia de testimonios provenientes del exterior.
Conozco de cerca dos ejemplos que ilustran tal actitud.
En la ciudad de Paraná vive una contactada, la señora
Irma Medina de López. Desde hace numerosos años
sostiene públicamente tener contacto, visual y telepático,
con bondadosos extraterrestres que le comunican mensajes
de fraternidad cósmica. Incluso, ha escrito y publicado
un libro (que, si la memoria no me falla, se titula
“Mis contactos con los hermanos del cosmos”) donde
relata cronológicamente y de manera harto puntillosa
todos sus encuentros. Pues bien, aún no siendo éste el
espacio para debatir la credibilidad de tales sucesos,
el hecho periodístico es la indiferencia con que el público
local –hable del segmento de público interesados en
estos temas- ha acogido tanto sus declaraciones como su
esfuerzo editorial. El mismo público que ante la visita
del contactado Giorgio Bongiovanni o el metafísico-escritor-contactado
Pedro Romaniuk se agolpó trémulo para compartir una
conferencia o debate.
Otro ejemplo lo tenemos en la propia ciudad de Victoria,
donde cierto joven, cuyo nombre reservo, invita a quien
quiera escucharle a “ver fititos”. En Argentina
llamamos “fititos” a un pequeño automóvil, el Fiat
600, y el apodo que aplica a pequeños OVNIs que, según
él periódicamente aparecen en cierto lugar a cierta
hora, es por dimensión y aspecto esférico. Así que,
si usted visita Victoria y localiza a este personaje,
parte del folklore local, tiene ocasión, sin costo
alguno (no cobra nada por hacer de cicerone) de
alimentarse con la ilusión de ver algo. Y si no lo
consigue, quizás la próxima vez. Simultáneamente, en
Buenos Aires y Rosario avispadas agencias de turismo,
con muy buena publicidad, organizan excursiones a esta
ciudad entrerriana, un tanto onerosas, con la promesa de
ver OVNIs. Nuestro guía local raramente encuentra algún
interesado en acompañarlo; las excursiones foráneas
llegan llenas.
Estuve en ya incontables oportunidades en Victoria. Pasé
allí desde unas pocas horas hasta una semana seguida. Y
tuve una observación de un objeto volador no
identificado, durante cincuenta y nueve minutos –un
tiempo exageradamente largo- el sábado 24 de agosto de
1991 junto a una decena de otros investigadores. De toda
esa experiencia acumulada en el terreno devienen estas
conclusiones provisorias.
Siempre comento que solamente un veinte por ciento de
observaciones corresponden a episodios reales. Tenemos
un diez por ciento en el ambiguo, dudoso límite de la
categoría de “datos insuficientes”, ya sea porque
la observación fue demasiado fugaz, muy distante del
testigo o el mismo no aportó los datos suficientes como
para una evaluación eficaz. Pero un setenta por ciento
de los casos que se mencionan en la prensa pueden
repartirse en dos categorías: el fraude, la mentira; y
la confusión.
Pero permítaseme hacer una digresión con respecto a lo
que llamamos “datos insuficientes”. Esta fue una
categoría originalmente creada por los investigadores
oficiales del norteamericano Proyecto Libro Azul, división
de la Fuerza Aérea de ese país que entre l953 y l968
se dedicó –o dijo dedicarse- a la investigación
OVNI. La última e irónica frase no indica
prejuzgamiento; cuando uno analiza la metodología y las
conclusiones del Proyecto... tiene la incómoda sensación
que se trató más de una oficina burocrática para
ocultar “otra cosa” (quizás una estructura secreta,
como el cacareado Majestic 12) que un noble grupo de
contraídos analistas. A fin de cuentas, yo no puedo
dejar pasar por alto que, en la jerga de la inteligencia
norteamericana, los proyectos de investigación secretos
son codificados en un solo nombre, como el “Proyecto
Maniatan”, que culminó en la creación de la primera
bomba atómica, o los proyectos Sign y Grudge, las
primeras divisiones de investigación OVNI que sí se
movían bajo el manto del secreto, mientras que todo
nombre en código de dos términos es sólo una
formalidad administrativa o empíricamente sin áreas
reservadas a la inteligencia militar. A propósito, y a
riesgo de seguir perdiéndome por las ramas en vez de
continuar ascendiendo por el tronco del árbol, no dejaré
de señalar que el Project Sign (“Signo”) concluyó
con la afirmación que los OVNIs eran,
“evidentemente”,
Alguna clase de tecnología extraterrestre, afirmación
indudablemente peligrosa para algunos altos jerarcas
militares que tras cartón crearon el Project Grudge, el
cual, en menos de un año y medio, “concluyó” que
los OVNIs no tenían interés militar, no eran
extraterrestres, no encerraban ningún interés para la
ciencia y sus defensores estaban un tanto locos.
Dieciocho meses antes, el mismo nivel de oficiales
investigadores, con el mismo material, la misma tecnología
y la misma libertad de moverse por el mundo sin límites
de gastos había concluido algo muy distinto. Después
de todo, quizás no es por casualidad que este segundo
proyecto, una clara excusa para controlar la información
y las repercusiones que la difusión del primero podría
haber tenido, se llamara como se llamó. En inglés,
“grudge” significa “rencor”.
¿Pero, de qué estábamos hablando?. Ah, sí, de la
categoría “datos insuficientes”. En la misma,
empleada como expliqué por primera vez por los
oficiales norteamericanos, se incluían obviamente todos
los testimonios sobre los cuales no podía emitirse un
juicio de valor absoluto por carecer, precisamente, de
datos suficientes. No era entonces una categoría de
desvalorización, sino de exclusión de las
conclusiones; sus contenidos tanto podían ser –como
no- OVNIs. Y en años recientes, he observado que
algunos analistas “de escritorio” de mi país usan,
en sus densos tratados, esta categoría para aglutinar
testimonios que dejan entonces un margen muy estrecho,
casi nulo, para los “no identificados”. Concluir
entonces, como hacen los mismos, que “esos casos serían
seguramente explicados de tener datos suficientes”, es
una apreciación apriorística y poco científica, ya
que concluir eso es pre-suponer, no demostrar, y con el
mismo criterio, podríamos afirmar lo contrario y
engrosar con ellos la categoría de los “reales no
identificados”. Es decir, mi mención de esa categoría
en los sucesos de Victoria es simplemente para señalar
una franja de “ambigüedad descriptiva”, aunque
sospecho que bien podrían engrosar la estadística de
los “no identificados”.
En Victoria hubo muchas mentiras, ciertamente, pero
también muchos casos investigados, lo que permite que a
cada paso se presenten pistas confiables, como que
durante estos años el fenómeno desapareció a fines de
noviembre de cada año, manifestando el comportamiento cíclico
que se denomina oleada.
De hecho, la palabra “oleada” define un ciclo de
apariciones de OVNIs de dos años y medio. Esto
significa que transcurrido este plazo algún continente
del mundo puede verse barrido por reiteradas y masivas
apariciones. Lo que aún no se ha podido predecir es la
eventual localización geográfica. Tenemos la ubicación
temporal, pero no podemos precisar en qué parte del
planeta ocurrirá. A caballito de la “oleada” se
produce lo que los ovnílogos denominamos un “flap”,
esto es, una oleada muy local, en una región muy específica,
a veces un departamento provincial, cada dieciocho
meses.
Ya a comienzos del año 1991, sabíamos que entre fines
de junio y fines de julio habría de producirse en algún
lugar de Argentina –mediante un sistema que describiré
en otra oportunidad- un flap; no podíamos determinar el
lugar con exactitud, pero la certeza del calendario era
casi indubitable, de hecho, yo mismo lo anticipé en un
masivo programa radial que tenía en ese momento. Y allí
estuvo: a fines de julio de 1991, en la ciudad de
Victoria. Pero ocurrió algo curioso: el “flap” jamás
dura más de cuatro o cinco semanas y recién en
noviembre de ese año dejaron de producirse casos de
OVNIs. Si bien su duración era superior a lo normal, su
cesación le daba, aunque parezca paradójico,
credibilidad al asunto. Pero ocurrió que en ese tiempo
alguna gente hizo, en Victoria, buen dinero con “el
asunto de los OVNIs”: dueños de hoteles y
restaurantes, sin ir más lejos, que recibían
contingentes de Rosario, de Córdoba, de Buenos Aires y
masivas oleadas, no de extraterrestres pero sí de
variopintos turistas provenientes de los lugares más
insólitos. Pronto se hicieron habitués de la localidad
aquellos que buscaban la oportunidad de entrar en
contacto con sus hermanos del cosmos. Recuerden lo que
había ocurrido años antes en la estancia La Aurora, en
Uruguay, cuando se “charteaban” innumerables ómnibus
con curiosos y varias agencias de turismo hicieron
buenos dividendos enviando enfermos a curar sus
dolencias en la “tierra energetizada” de La Aurora (¿).
Algo parecido pasó en Victoria. Cuando el fenómeno cesó,
alguien inventó casos, alguien organizó una
conferencia con un conocido actor y ovnílogo hablando
sobre sus “investigaciones en Victoria”
(investigaciones muy profundas: había llegado por
primera vez esa misma mañana), alguien, que reemplazó
los safaris de caza y pesca en sus lanchas por cazadores
de ovnis, organizó un gélido paseo nocturno para
periodistas, alguien envió cables falsos a las agencias
noticiosas, alguien se encargó de hacer señales con
luces desde las islas para seguir retroalimentando el
negocio. De todas maneras, continuó eclipsándose.
Es aleccionador recordar un caso en particular. En
diciembre de l99l, el periódico “El Heraldo” de la
también entrerriana ciudad de Concordia, publicó en
primera página una fotografía de unos extraños trozos
de metal sobre un mantel de cocina, bajo el título de
“Estalló un OVNI en Victoria”. La nota comentaba
que en una estancia de las afueras de la ciudad (que no
sería la estancia “La Pepita”) había estallado un
plato volador. Que habían aparecido otros tres OVNIs,
aterrizado aparentemente para llevarse los restos y
luego perdido en el horizonte. Así que rastreé la
información y descubrí algo sumamente sugestivo. La
foto no era un truco. Mostraba los restos de un objeto
volador, sí, sólo que identificado. Un año y medio
antes, sobre el sur de Entre Ríos, habían caído los
restos desintegrados de un laboratorio espacial ruso y
esto fue en su momento primera página de todos los
diarios del país. Los pedazos metálicos que se
mostraban en la foto provenían de la ciudad de
Victoria, pero de la caída de este ingenio espacial y
terrestre. Lo que hizo un pícaro redactor del periódico
fue rescatar una fotografía ya olvidada (“nada hay
tan viejo como un diario del día anterior”) inventar
una información dándole una pretendida identidad ovnilógica
y volver a concitar por un corto período de tiempo la
atención de los grandes medios periodísticos.
Para conocer la realidad de los OVNIs lo primero que se
impone es tener ideas claras; si se trata de escuchar
casos de platos voladores disponemos de miles de libros
y artículos en las revistas que pululan por ahí, pero
lo que la gente necesita es tratar de poner un poco en
orden algunos conceptos, lo que uno tiene que creer o
esperar sobre este tema. Esto se relaciona con la cuestión
de las cunfusiones; siempre sostengo que ante la aparición
de un OVNI un testigo tiene que considerar que no es él
mismo un buen juez para determinar qué es lo que vio.
Convencerse y convencer de que se ha observado una nave
extraterrestre es un paso demasiado grande para el
pantalón de cualquiera, ya que si bien es cierto que un
buen número de naves extraterrestres visitan periódicamente
nuestro planeta, también es cierto que apenas un pequeñísimo
porcentaje de la totalidad de las cosas que la gente ve
en el cielo corresponden a estas naves. El público no
está mayoritariamente entrenado para identificar lo
que, generalmente en fugaces y sorpresivas condiciones y
bajo la exaltación emocional ve, o cree ver, en el
cielo. De hecho, estoy seguro que un enorme porcentaje
de los lectores que están leyendo estas líneas no sabe
distinguir un OVNI verdadero (lo cual me obligaría a
preguntarles: ¿Qué es un “verdadero OVNI?”) de un
globo sonda, un avión experimental o una inversión de
temperatura. Después de todo, la palabra OVNI define lo
que no es, antes de lo que es.
Las
mutilaciones de ganado.
La saga platillista de Victoria no estaría completa si
durante los meses de mayo de 1992 a setiembre de 1993 no
se hubiera presentado una de las aristas más
inquietantes y controversiales del fenómeno OVNI; las
mutilaciones de ganado. Sentados antecedentes en Estados
Unidos, Centroamérica, Europa y Asia desde unos treinta
años atrás, vienen haciendo hincapié en la aparición
de bovinos, equinos u ovinos muertos en las por demás
extrañas circunstancias; con algunos órganos extraídos
diríamos que quirúrgicamente, y todas las evidencias
de haber sido sometidos a necropsias inteligentes. Entre
las teorías “racionalistas” –que no racionales-
para explicar un fenómeno que no sólo tenía
preocupados a los granjeros
sino también a los ovnílogos –ya que la mayoría de
tales situaciones acaecía geográfica y temporalmente
superpuestas a apariciones de OVNIs- se acudió a las más
peregrinas hipótesis, desde el ataque de ignotos
depredadores –suposición errada ya que la totalidad
de las extirpaciones están hechas con instrumentos
altamente cortantes y con precisos conocimientos de
anatomía animal- hasta la de grupos satanistas que
realizaban esotéricos rituales, lo que fue descartado
luego que las investigaciones policiales no sólo no
hallaron pista alguna que sustentara esta teoría sino
cuando también fallaron todas las emboscadas para
atrapar a los presuntos ladrones.
Aún más extraño: bajo la vigilancia detectivesca,
aparecieron muchos casos, con las primeras luces del
alba, de animales mutilados sin que en las horas
precedentes los celosos sabuesos hubieran detectado ningún
tipo de actividad.
Algo de este último tenor ocurrió en Victoria durante
ese lapso de tiempo señalado. Durante mi ya citada
observación de agosto de 1991, a un centenar de metros
de donde nos hallábamos apostados pacía,
tranquilamente, una veintena de vacas. Las habíamos
visto casi a distancia de un brazo la tarde anterior, y
la zona donde se encontraban, suavemente ondulada, de
duros pastos cortos y matorrales achaparrados, la habíamos
recorrido hasta el cansancio. La mañana siguiente a la
observación –aún cuando la misma, vista desde ese
punto, parecía acaecer a centenares de metros, del otro
lado de la laguna- fue acompañada por la aprición,
cerca de nuestro campamento base, de la vaca muerta que
ilustra una de las fotografías adjuntas. Varios hechos
llamaron poderosamente la atención: en primer lugar, no
había signos de violencia mortal en su cuerpo –y ningún
animal parecía un día antes particularmente enfermo,
hecho corroborado después por la propietaria del campo,
la señora Basaldúa, quien se mostró muy extrañada
por esa inopinada muerte-; luego, parte del intestino
había sido extraído por el ano (asomaba una
significativa porción por el mismo). Finalmente,
hallamos a su alrededor extrañísimas marcas en el
terreno, que merecen un apartado por sí mismas.
Las
huellas
Eran
de tres tipos:
a)
Las
“picaduras”:
Las llamamos así a falta de mejor definición, ya que
un área de veinte por veinte metros, a unos cincuenta
de donde hallamos el animal muerto, presentaba el
terreno horadado en toda esa extensión por
perforaciones troncocónicas (ver foto) en cantidad
superior al centenar, de unos cuatro centímetros de
profundidad promedio. Huelga decir que se agotaron las
explicaciones convencionales (insectos, por ejemplo) y
es interesante señalar que dos peones de la estancia,
con más de diez años de antigüedad en el oficio y
baqueanos del lugar, se mostraron notablemente perplejos
cuando se las señalamos.
b)
El
trípode¨:
Muy cerca del animal muerto –diez metros- se halló
este aparente asentamiento triangular, con hoyos
perfectamente cilíndricos de diez centímetros de
profundidad. Tal vez sea interesante señalar que, pese
a la humedad de la huella reciente –cuanreta y ocho
horas antes- el suelo está consolidado por una gramilla
entretejida de raíces particularmente resistentes, al
punto que para cavar debe necesariamente usarse palas de
borde afilado. Comparativamente, mis casi noventa kilos
de peso, saltando junto a las huellas hasta un metro de
altura y cayendo con fuerza, no dejaron más que huellas
de un centímetro de profundidad y un investigador
–yo- notoriamente cansado. No se observaba, con lupa,
en la periferia de los hoyos desprendimiento o acumulación
desperdigada de tierra que hiciera suponer que fue extraída
con un “sacabocados” u objeto similar.
c)
Los
pentáculos:
Conformando un gran triángulo isósceles de treinta
metros de lado menor por cuarenta los mayores, uno de
cuyos laterales interseccionaba la ubicación del animal
muerto, se presentaban tres huellas con
forma de estrella o pentáculo (foto) de donde el
nombre. Sus medidas aproximadas eran de treinta centímetros
en las diagonales y veinte de profundidad.
Posteriormente, tomando en cuenta estos fenómenos,
extendimos nuestro relevo a toda la superficie de la
estancia “La Pepita” e inclusive a campos lindantes.
No hallamos en esta ocasión otras huellas, pero sí
numerosos animales muertos, algunos con semanas de antigüedad.
Los veterinarios que consultamos a a desconocían
cualquier tipo de enfermedad epidémica que en esos días
se estuviera contagiando el ganado y, de hecho, todos
los animales que vimos –por lo menos en los casos en
que los cadáveres, aún en vanzado estado de
descomposición, permitían observar algunos detalles
interesantes respetados por las aves carroñeras y otras
alimañanas- me llamó la atención la destrucción del
ano y, en una de ellas, dos profundos cortes en la
garganta. Uno de los animales –un ternero- se
encontraba con el cuello roto. Presuponiendo que podría
tratarse de un caso de abigeato –robo de ganado- y que
el animal se hubiera quebrado al intentar escapar de sus
captores, busqué otras huellas: marcas de neumáticos,
cocear de caballos o el clásico “rodeo”, esto es,
un círculo muy visible de pastos aplastados y tierra
removida que genera el cuatrero al enlazar al animal y
correr o galopar a su alrededor para enredarle las patas
y hacerle caer, o que hace el mismo animal al tratar de
escapar y rotar alrededor del centro que forma el hombre
que sostiene la cuerda. Nada de ello había; todo estaba
en orden, prolijo, dándome más la impresión de que el
desgraciado ternero aparentaba haberse caído desde
cierta altura.
Existe un punto final sobre el que corren insistentes
rumores en Victoria: los “visitantes de dormitorio”.
Emparentado o no este asunto con el de las abducciones,
escuché confidencias informales de gente que sabía de
terceros, familiares o amigos, que vivían aterrados por
espeluznantes apariciones fantasmagóricas ocurridas en
algún momento en la soledad nocturna de sus
dormitorios. En ningún caso pude alcanzar la fuente
original de la especie; y no porque se tratase sólo de
un folklórico rumor que rizando el rizo me hiciese
regresar siempre al punto de partida, sino lisa y
llanamente porque los intermediarios (con los
protagonistas) me acercaban invariablemente la misma
respuesta a mis inquietudes inquisitivas: nadie quería
dar la cara, nadie quería hablar.
El perfil de la gente de Victoria es muy especial, quizás
común a toda la provincia de Entre Ríos; si a un
conocido le ocurrió algo “extraño”... bueno,
seguramente es una mentira o estaba pasado de copas. Es
como si la cotidianeidad, la familiaridad no pudiera ser
ajena a una cierta dosis de descrédito. De modo tal que
en esa ciudad coexisten dos criterios: el de los que
nunca vieron nada (y, por consecuencia, en nada creen) y
el de quienes fueron testigos o protagonistas de los
sucesos, y ya están cansados de las bromas de sus coetáneos
o de las invasiones turísticas de apasionados ovnílogos.
Se hace difícil, casi imposible hoy por hoy, discernir
claramente si algo sigue pasando en Victoria –pese a
que en 1994 fui testigo tardío de un avistaje que
relataré después- o en buena medida es la inercia del
rumor, la necesidad imperiosa, tras haber salido del
anonimato (la mayor parte de los argentinos no tenían
hasta entonces la menor idea respecto de dónde quedaba
Victoria en el mapa) de no perder la popularidad o la
sensación de sentirse parte de algo trascendente, lo
que sigue alimentando la leyenda. O, tal vez y
definitivamente, Victoria sí sea, después de todo, una
“ventana” permanentemente abierta a dimensiones
paralelas. Creo que la explotación mercantilista que
algunos colegas asociados con mercachifles locales
hicieron en el pasado del tema es, en principio, lo que
malquistó a los pobladores respecto de brindar mayor
información al investigador serio que llega de afuera.
Sin ir más lejos, recuerdo cuando un próspero guía
turístico invitó a un “viaje de investigación” a
un nutrido grupo de periodistas y estudiosos –entre
los que nos encontrábamos- y ese viaje, en vez de estar
caracterizado por una
rutina de observación y reflexión, se transformó
en un tour rocambolesco donde quienes tratábamos de
hacer las cosas con algo de seriedad nos agrupábamos en
la cubierta superior de la enorme lancha de pasajeros
tiritando de frío, mientras en la oscura cubierta
inferior se descorchaban algunas botellas y pululaban
las risitas sofocadas... Al día siguiente, la prensa
local hablaba del grupo de científicos que realizaba
profundos estudios en la zona. Creo que fue ese
tratamiento irrespetuoso y vilmente mercantil del fenómeno
lo que asustaba con el ridículo a los honestos testigos
y alejaba a los más bieintencionados investigadores.
Todo ello sin hablar del aluvión de místicos y gurúes,
dispuestos a revelar los mensajes con “hermanos del
cosmos” que ponían al alcance –previo
desprendimiento de algo del vil metal- de quienes
asistieran a sus reuniones.
Y este “síndrome del gurú” puede comprenderse
razonablemente acentuado por la particular predisposición
interactiva que demuestra la inteligencia –cuya fuente
sigo ignorando- tras el fenómeno OVNI en Victoria. Es
común que ante una de las apariciones ante masivos
testigos en el ya citado cerro La Matanza o la avenida
costanera de la ciudad, entusiastas automovilistas
comenzaran a hacer señales con las luces delanteras de
sus automóviles, y el o los objetos respondieran con
cambios de trayectoria, intensidad lumínica o variedad
cromática. Yo mismo fui testigo de uno de esos casos,
cuando en noviembre de l994, junto con alumnos de
nuestro Centro de Armonización Integral, mi esposa
y yo realizamos una “noche de observación”,
precisamente en el cerro ya citado. Mi gente se había
distribuido por distintos puntos a nuestro alrededor,
para apostarse cómodamente a la espera de ver algo,
mientras Claudia y yo permanecíamos sentados al pie de
la gran cruz de material que domina panorámicamente el
lugar. En un momento, suavemente, mi mujer me pregunta:
“¿qué es eso?” y al levantar yo la cabeza con una
velocidad que me puso al borde del desnucamiento,
observo, simplemente, un punto luminoso celeste que con
movimiento rectilíneo y uniforme se desplazaba entre
miríadas de estrellas con rumbo Sur-Norte. Un satélite,
seguro. Así se lo explico doctamente a mi esposa,
mientras ambos seguíamos mirando hacia arriba y los
colaboradores más cercanos se aproximaban devotamente
para escuchar mi sapientísima conferencia magistral,
que incluía conceptos como “órbitas
geoestacionarias”, “índices de albedo reflector de
cuerpos satelitales”, y “mapeo infrarrojo de la
superficie terrestre”, cuando el maldito “satélite”,
que mansamente atravesaba el cielo, al llegar a la
exacta vertical del punto donde estábamos nosotros...
se detuvo, y así se quedó por más de dos horas hasta
que nos fuimos. Es interesante señalar que al paso del
tiempo, aunque las estrellas fijas rotaban su posición,
el OVNI seguía allí, y de eso estoy seguro por el
largo tiempo que permanecí observándolo, más que por
afán investigativo,
en realidad para evitar la sonrisa irónica con
que estaba seguro mi mujer me obsequiaría en silencio.
Debo admitir que, durante la madrugada siguiente, me
persiguió la incómoda certeza de que eso, fuera lo que
fuese, supo darme una clase de humildad.
Esta es la situación hasta hoy. Mientras tanto, todas
las noches, parejas que encontraban una romántica
excusa, curiosos visitantes de paso y algún nostálgico
de sus quince minutos de fama, quizás aún con la
incertidumbre dibujada en los rostros, estacionan sus
automóviles en el mítico cerro, se pasean
disimuladamente por la bonita avenida costanera o se
acercan subrepticiamente a la Laguna del Pescado, la
vista en alto, los ojos muy abiertos, preguntándose si,
tal vez, hoy todo volverá a comenzar. Y mientras tanto,
la ciudad duerme, tratando de aparentar una bonhonomía
provinciana que ya nunca volverá a ser la misma.
Gustavo
Fernández. |