
El carnaval es la fiesta popular favorita de los victorienses y de los numerosos turistas que participan alborozados del festejo, atraídos por la magia incomparable del reinado de Momo. Con el espíritu carnavalesco en la sangre, a todo ritmo, a todo tambor, el pueblo de Victoria responde emocionado a la voz del origen, al sol ancestral que surge desde lo alto de la colina, de los barrios más humildes para anunciarse en el colorido de las máscaras, carrozas, comparsas y scolas que aleteando banderas y estandartes van abriéndose paso entre la multitud. Victoria vive su
carnaval sin réplica posible, con la mirada profunda hacia la
historia cultural que guía y orienta un genuino acervo ciudadano en
lo arquitectónico y lo afectivo. En la ciudad por
antonomasia del tamboril, con sus calles amplias adornadas con flecos
y farolitos de colores, y sus casonas de vivencias sin olvido, se
afinan los instrumentos de la Banda Municipal para que la melodía de
los duendes COPE como siempre el tradicional circuito del corzo y
talle con su embrujo el espíritu de la gente. En cada noche de
carnaval los victorienses se preparan y no faltan a la cita, saben que
es la Fiesta Mayor. La ceremonia tradicional y auténtica que el
pueblo acompaña con fervor y sin exclusiones. Es la fiesta donde
todos participan: los hombres se disfrazan de mujeres, los sirvientes
dan órdenes a sus amos, un prisionero condenado a muerte es sacado de
la cárcel y solamente revestido como rey dispuesto a reconciliarse
con los dioses, los poetas lanzan su inspiración, los artistas
despliegan sus habilidades y una manifestación vulgar, expresiva y
bullanguera se convierte de pronto en una particular forma de
interpretar en farsa a la realidad. En febrero, con
latido de pueblo, Victoria convoca al carnaval. Es la añeja tradición-
esa tuvo sus albores en la música, los cantos y los bailes de las
comparsas y murgas de hace cien años- que retorna querendona,
avasallante, con todo el despliegue y el modernismo de las
agrupaciones y grupos orquestales de nuestros días. La sátira política,
las críticas sociales y las más diversas manifestaciones artísticas
se expresan en carruajes temáticos que desfilan invadidos por la
alegría de chicos y grandes, y de enormes figuras alegóricas al
carnaval. En el carnaval
de Victoria la gente sale a la calle, pero no a mirar sino a bailar, a
divertirse sanamente, a jugar con espuma, a derogar todas las
convenciones y a decir un piropo o contar una mentira, total tiene el
rostro cubierto por la careta y mañana será otro día. El carnaval
influye enormemente en la expresión genuina de los victorienses en el
alma de todo un pueblo que muestra su folklore. Y es en la noche de la
elección de la reina, una ceremonia de estricta gala donde la fiesta
del Dios Momo alcanza su mayor belleza y esplendor. Bajando la
cuesta de las colinas el ritual carnavalesco de Victoria, Capital
Provincial del Carnaval nos convoca en febrero de cada año tras el
frenesí comparsero de “Movete, chiquita, movete”.
Por
Raúl Pedemonte. |
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